Entre otras cosas, la editorial Altertopia surge de un diagnóstico: la fantasía es un género muy postergado en Argentina. No porque no se consuma, si consideramos que crecemos entre fantasías. Nos hablan la lengua de los sueños y por ende tocan una vena muy vital de nuestra experiencia.

En Argentina, sin embargo, las editoriales suelen negarle ese lugar de relevancia. Cualquiera diría que la edad de visitar otros mundos se termina cuando se pasa el segundo o tercer año de la secundaria.

Sin embargo, es en estos mundos donde la magia fuerza las articulaciones de lo humano. Es allí donde aprendemos a ser quienes realmente somos. Después de todo, para conocer a una persona, nada como preguntarle cuál poder mágico elegiría, de estar en condiciones de escoger uno. Saldrán a la luz sus deseos oscuros, sus fortalezas y sus debilidades mucho mejor que con cualquier test silvestre. Para quien sepa leerlo, claro.

¿Qué es la fantasía?

Una definición genérica de la fantasía como género necesariamente marca dos elementos clave. El primero y principal, la aparición de una causalidad que quiebra las leyes básicas de funcionamiento de la naturaleza: la magia en alguna de sus formas. El segundo, que todo esto ocurra en un mundo ostensiblemente diferente del nuestro.

Casi por definición, la fantasía es proteica e inasible. Como ocurre con todo lo que concierne a los géneros temáticos ficcionales, sus límites con los demás son necesariamente difusos, y se prestan a un alegre mestizaje: así, podemos incluir robots, dragones y criaturas infernales en un relato que es a la vez un policial, y va a continuar participando de la fantasía.

Y es que la fantasía como género se resistirá constantemente a que le echen la correa al cuello más que un gato feral con mucha calle.

Breve historia de la fantasía

La imaginación ficcional que hoy leemos como fantasía se pierde en la noche de los tiempos. La encontramos en la epopeya más antigua de la humanidad, el Poema de Gilgamesh. La encontramos en el Mahabharata y en las obras de Homero. Está en las Metamorfosis de Ovidio, y da sabor a la novela griega.

Sin embargo, tal vez la piedra fundante de lo que hoy entendemos como fantasía la haya puesto un oscuro clérigo galés llamado Godofredo de Monmouth. Con una capacidad de sincretismo extraordinaria y una gran imaginación, su Historia de los Reyes de Bretaña emparchó historia con leyenda. Y con muchos frutos de su propia cosecha.

Entre otras cosas, allí contaba la historia de la fructífera relación entre un mítico rey Arturo y un sabio, Merlín. Un soberano justo y valiente, y un mago que daba a conocer el futuro con complicadas metáforas.

La leyenda alimentó a la letra, luego la letra a la leyenda, y para cuando no tanto después intervinieron Marie de France y Chrétien de Troyes ya eran una indistinguible de la otra. Chrétien, por su parte, tenía plena conciencia de que lo que estaba haciendo no era Historia, sino contar una ficción.

Es en los versos narrativos de Chrétien de Troyes que hay que ir a buscar la semilla de los guerreros andantes que van buscando aventuras de pueblo en pueblo. De hecho, el momento en que la misma palabra “aventura” dejó de significar “cosas que por acaso ocurren” y pasó a querer decir lo que hoy asociamos con ella es rastreable hasta él.

Para llegar de allí al anónimo ciclo en prosa del Lancelot, la historia del Grial y la de Merlín hubo un paso. De ello a los libros de caballerías que le hirvieron los sesos a Don Quijote de la Mancha, otro. Y de allí al medioevo inexistente que encandiló a los románticos y los prerrafaelitas del siglo XIX, otro más.

Este es el mundo en el que creció Lord Dunsany, y la fuente en la que escribió para dar con sus relatos de elfos y espadas. El más famoso entre sus lectores, J. R. R. Tolkien, fue el que sentó las bases de la fantasía como la conocemos hoy.

Nuevos vientos

Desde Tolkien a esta parte ha corrido mucha agua bajo el puente. Voces muy diversas han ido integrando a la olla del género otras visiones y versiones de la magia. Desde Ursula K. Le Guin y George R. R. Martin hasta Concepción Perea o Nnedi Okorafor, la fantasía ha tenido tiempo para estirar moldes y ampliar fronteras.

En nuestro país, sin embargo, poco se publica que no venga en traducción desde otros sitios. Un azar afortunado que ella gustaba de narrar llevó a Liliana Bodoc a conseguir editar y devenir la figura icónica que devino. Una figura de la talla y versatilidad de Angélica Gorodischer consiguió editar, pero mucho de su obra no se reedita, y menos se distribuye, para mal de su ávido público lector.

Por otra parte, una multitud de autores edita por su cuenta, o sube sus obras, algunas de ellas muy interesantes, online. El capítulo que sigue queremos escribirlo nosotros.

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