de Mariana Delponte

Las cosas se ponían cada vez más extrañas, pero el completo desconcierto se apoderó de Nicolás después del 2 de noviembre. Los problemas de sueño eran una constante y el torbellino de incertidumbres que habitaba en su mente era cada vez mayor. Lo que para alguien ajeno podría haber significado un mal presentimiento, o tal vez un juego de superstición, hasta ese momento, luego del día de los muertos se convirtió en un motivo de desesperación.

En general, la rutina de Nicolás era bastante monótona. Un trabajo, una mascota, una vida en soledad en un departamento, un sueldo ajustado, uno o dos amigos, y no mucho más que eso. Esa cotidianeidad había sido quebrada hacía poco más de seis meses, con la muerte de su padre.

Más que el shock del hecho fortuito, el impacto había sido directo hacia sus recuerdos, ese inconsciente despreciado y nunca escuchado a lo largo de tantos años de relación pútrida. No era que su padre hubiese sido un mal educador, ni que le hubiese hecho daño directo, sino que las decisiones que había tomado y los valores que había manejado a lo largo de su vida no estaban dentro del campo de lo ético para su hijo. 

Difícil saber de dónde había provenido esa idea “rebelde”, de no avalar al padre, siendo hijo único y huérfano de parte materna. Uno pensaría que, cual alegoría de la caverna, lo único que uno vio es aquello que se considera valedero, pero esto no se ajustaba a la personalidad de Nicolás. Su padre había sido al mismo tiempo su apoyo y su antihéroe durante los 32 años de su vida. Evadidos durante tanto tiempo, todos los resquemores y los cuestionamientos habían salido a la luz luego de la muerte de Don Pedro.

Nicolás había tomado de a poco, casi involuntariamente, la costumbre de ir a visitar a su padre al cementerio. Un rectángulo de tierra recientemente removida que de a poco se iba apelmazando y siendo cubierta por algunas hojas de césped, una lápida sin mayores adornos y una simple descripción, eran todo el homenaje que le había concedido.

Al principio, no entendía del todo por qué iba a visitarlo, siendo que su ateísmo no le permitía darle algún sentimiento al hecho de acercarse a un cadáver. Aficionado a la psicología, buscó alguna explicación medio inconsciente y pensó que tal vez, dentro de su agenda enmarañada de obligaciones cotidianas, su cerebro había encontrado las visitas como excusa para destinarle tiempo a pensar en lo que había sido la relación con Pedro y a tratar de superar de alguna manera todas las contradicciones de amor-odio que lo perturbaban. Conforme con esa explicación, sin intentar ocultársela a sí mismo, continuó con las visitas con regularidad, una vez por semana. 

Nicolás no negaba que su vida fuese monótona, pero nunca hasta ese momento había sentido que era aburrida. Acostumbrado a la introspección (resultado inevitable de la soledad), sin necesidad de recurrir a terapia empezó a desovillar la idea de que el fin de la relación con su padre, por el hecho natural de su muerte, era la causa de tal aburrimiento. Mientras vivía, no había comunicación entre ellos. Sin embargo, el hijo sentía inconscientemente que de un momento a otro su padre o algún intermediario podría contactarlo solicitando ayuda o compañía para atravesar alguna dificultad física o económica, responsabilidad filial que él entendía inherente a la relación. Nada de eso ocurrió, y el punto perentorio que había significado la muerte del padre, más que representar el alivio de una carga, había resultado en un vacío de propósitos en la vida de Nicolás.

A ese aburrimiento atribuyó la búsqueda de nuevos intereses, que casi por descuido lo llevaron a empezar sus lecturas en temas esotéricos y metafísicos. Un compañero poco cercano de su trabajo le había prestado un libro, luego de notar que a Nicolás lo divertían las charlas de temas sobrenaturales que esporádicamente surgían en los pasillos. Al principio le resultaban entretenidas como una película de terror, prestaba atención para no perderse los detalles y relacionar lo que escuchaba con otras experiencias que había oído antes. 

A medida que fue leyendo más textos, ciertos cabos empezaron a atarse de forma involuntaria. Como les pasa a muchas personas curiosas, cuanto más sabía del tema, más quería saber. Al aburrimiento y el incipiente interés se sumó la falta de dinero para ocupar su tiempo en otras formas de ocio más caras. Los libros prestados de compañeros o de bibliotecas y los artículos con escaso aval científico que encontraba en la web abrieron su mente hacia otros planos que sólo podía imaginar.

Desde la muerte de Pedro, Nicolás ocupaba su tiempo libre en planificar sus gastos con la idea de acumular algunos ahorros, reduciendo al máximo sus desembolsos innecesarios, leer mucho de psicología y metafísica, y hacer su visita semanal a los restos de su padre. Por supuesto, no llevaba flores. Le parecían un gasto inútil. A pesar de esa costumbre casi romántica de hacer las visitas al difunto, la idea de hacerle ofrendas le parecía ridícula. “Como si pudiera verlas”, se repetía cada semana cuando encontraba flores de diferentes especies y colores frente a la lápida. Según sus lecturas, después de la muerte, las almas se dirigían a otros planos, diferentes de acuerdo a la vida que habían tenido y sus propósitos de ultratumba. No confiaba en que esos planos tuvieran ventanas para ver la parcela del cementerio donde el propio cadáver estaba alojado. 

Hubiese sido muy egoísta de su parte pensar que su padre no había tenido amigos y familiares con los que aún conservaba el contacto. Luego de las primeras visitas comprendió que no estaba tan solo como él lo imaginaba, y seguramente los primeros meses sería habitual ver flores en cada visita. Para su suerte, nunca tuvo que cruzarse con algún otro visitante junto a la tumba de Don Pedro. 

Nicolás no encontraba vínculo entre un hecho y el otro, simplemente se dio la casualidad de que luego de la muerte de su padre comenzaron sus problemas de insomnio. Lo atribuyó al leve cambio de rutina, la incorporación de nuevas lecturas que cada vez le resultaban más interesantes, y a las preocupaciones por el dinero que nunca parecía acumularse, a pesar de sus esfuerzos por mantenerse a raya con los gastos. El humilde sueño de tener una moto parecía cada vez más lejano.

Luego de varios meses, pocas cosas habían cambiado. Las lecturas de psicología habían sido desplazadas por completo por los libros sobre vidas pasadas, numerología, magia y planos astrales. Aunque estaba empezando a desarrollar un nivel importante de erudición, sus lecturas seguían teniendo fines lúdicos. Lo que aprendía lo consideraba como una diversión para sus pensamientos o, a lo sumo, como una mera preparación para cuando el fatídico día de su muerte llegase. No tenía ni la más remota intención de llevar a cabo experimentos o rituales esotéricos. Le daba un miedo casi infantil sólo pensar que algunas personas invocaban a dioses y demonios para abrir “puertas”, obtener respuestas o encontrar soluciones a sus problemas.

La rutina seguía repitiendo las visitas al cementerio, las flores seguían decorando la austera lápida de Pedro. “Tal vez hasta tenía novia el viejo. No sé quién más podría seguir viniendo, aparte de mí, que más que cariño a él, ya le tengo cariño a este lugar”. El cementerio le brindaba la dosis justa de soledad que necesitaba para procesar sus pensamientos y al mismo tiempo tomar aire. Se sentía cómodo, le divertía pensar que las energías de ese espacio lo influenciaban de alguna manera que todavía le resultaba indescifrable. 

Las noches en su departamento cada vez le resultaban más insoportables, y más de una vez se despertó sentado en un bar de madrugada o acostado en una plaza sin recordar cómo había llegado allí, con la ropa sucia o deteriorada, y la idea de una posible pérdida de sus pertenencias. Sospechaba que su insomnio había derivado en algún tipo de sonambulismo. No le asustaba mucho la idea. Viviendo solo y con escasos seres queridos, el temor de provocar algún daño no existía. Y si se lastimaba a sí mismo… tal vez terminaba siendo una oportunidad para pasar a otro plano. 

Le preocupaba más el cansancio que tenía durante toda la jornada. En su trabajo era un autómata, lograba cumplir con sus tareas porque ya las conocía de memoria. Llegaba a su casa dispuesto a dormir hasta que el despertador sonara al día siguiente, pero nunca lograba conciliar el sueño de forma automática como solía hacerlo hasta hacía apenas unos meses.

La primera vez que sintió miedo fue cuando despertó a mitad de una noche de septiembre, acostado en el césped. Sentía el rocío humedeciendo toda su ropa. Estaba completamente vestido pero sus manos, su cara y su ropa estaban visiblemente sucias de tierra. Se levantó sobresaltado y miró a su alrededor. No tardó en reconocer que se encontraba en el cementerio, aunque el punto donde había caído rendido (no sabía cómo) era nuevo para él. No recordaba haberse dirigido allí el día anterior. El sonambulismo, que ya tomaba con naturalidad, no lo afligió tanto como la idea de haber estado cerca de personas que aprovechaban la noche para realizar rituales satánicos entre las lápidas. Trató de pensar que todo lo que había leído al respecto era ficción, y de concentrarse en ubicarse en tiempo, ya que no tenía reloj ni celular consigo para calcular cuántas horas faltaban para ir a trabajar. Buscó el camino más directo a una salida. Aunque hacía una semana que no visitaba la lápida de Pedro, no se tomó el trabajo de buscarla. Mientras volvía a su casa, atontado, maldijo a los trabajadores del cementerio por dejar las puertas abiertas durante la noche, y un segundo después les agradeció ya que no le hubiese causado ninguna gracia quedarse el resto de la noche encerrado allí. Al fin de cuentas, no sabía cómo había entrado; tal vez no había sido por la puerta sino trepando las rejas o las paredes, poseído por el vigor amplificado del noctambulismo.

Esa noche consideró que debía ir a un psiquiatra, pero no quería ser tratado de loco. Por pura testarudez, decidió sin más vueltas que no recurriría a ayuda médica de ningún tipo. No quería que lo encierren ni lo duerman. Ni hablar si le recetaban medicación. No disponía de dinero para gastos extras. Todas sus facultades estaban intactas, salvo la conciliación del sueño. 

No quería volver a terminar de noche en el cementerio. Dado que hasta ese momento no había sido suficiente con cerrar con doble traba todas las puertas y las ventanas (su sonambulismo sabía lidiar con ellas), concluyó que se haría amigo de su insomnio y trataría de quedarse despierto toda la noche. Resultó una solución para su mayor temor, aunque no de lo más recomendable. De a momentos dormitaba, pero no durante tanto tiempo como para darle la potestad de sus acciones a su otro yo.

El segundo fin de semana después de despertar en el cementerio, volvió; de día y para visitar a su padre. Le sorprendió que por primera vez en casi un año, no había flores. Animado por la luz natural, recorrió los alrededores de la tumba y después de algunas vueltas reconoció el lugar donde había despertado. Estaba a unos treinta metros de la lápida de Pedro. El cementerio ya no le brindaba la paz de hasta hacía un par de semanas. Tenía demasiado presente el horror de haberse despertado ahí la otra noche. Decidió, de la misma forma que había decidido no ir al médico, que ya no lo visitaría con regularidad. De esa manera, tal vez, su inconsciente descartaría el camino hasta allí y su sonambulismo sería, en relación a sus miedos, totalmente inofensivo.

Para fines de octubre se encontraba casi estabilizado. Le estaba dando una paliza al insomnio y ya casi lo estaba derrotando. El sonambulismo había vuelto a las andadas, pero no le preocupaba. Se había encontrado despertando varias veces en lugares y situaciones impensados, pero no se había repetido el episodio del cementerio. 

Una mañana calma, luego de una sesión de 8 horas de sueño, decidió que volvería al cementerio. Necesitaba un espacio para meditar, le daría una nueva oportunidad a su vieja rutina. Era sábado 2 de noviembre. Lo notó muy concurrido y recordó que era el día de los muertos. Los seres queridos de los difuntos llevaban flores dándole al ambiente un colorido nada habitual. Para Nicolás, que era un habitué, la hipocresía resaltaba como los pétalos en los jarrones de las lápidas que permanecían grises y abandonadas el resto del año.

Cuando llegó a la lápida de Pedro, se alarmó al ver cuatro enormes flores de pétalos negros. Hacía apenas unos días había leído sobre un ritual practicado en cementerios en el que se colocaban flores negras para llamar a algunos demonios utilizando como intermediarias a las almas en pena. Su cerebro decidió pensar que se trataba de una broma de mal gusto. 

Se acercó al empleado del cementerio que tenía más cerca. Qué casualidad, nunca había visto tantos a la vista como ese día de conmemoración. Lo había visto en otras oportunidades, pero nunca había hablado con él. Era un hombre de unos cincuenta años. Le preguntó si había visto a alguien dejar esas flores. El empleado lo miró con una expresión que podía traducirse como “no me paso todo el tiempo parado acá mirando las tumbas”, lo cual Nicolás ya sabía, y le respondió con un “no” seco y directo. Nicolás insistió. El hombre se preocupó por su exaltación. Imaginó que iba a comenzar a gritar y no sería una buena imagen en ese momento, con tantas personas presentes. Le hizo ademán de que le iba a contar una confidencia y le dijo señalando con el dedo: “¿Ve aquél mausoleo? Es de una familia importante y le instalaron una cámara que apunta hacia este lado. Las imágenes son propiedad de la familia, sólo nosotros tenemos derecho a ver las grabaciones además de ellos, así que no se las puedo proporcionar, pero le haré el favor de rastrear los movimientos que hubo en esta zona durante las últimas horas. Eso sí, no le puedo asegurar nada, y le pido total discreción. A usted lo he visto seguido por aquí, entiendo que si me pregunta por las flores, es importante para usted. Sólo por eso lo voy a ayudar”.

Intercambiaron algunos datos y el trabajador, quien se presentó como Alfonso, se comprometió a llamarlo en cuanto tuviera novedades.

Pasaron dos semanas y Nicolás no recibió ningún llamado. “Si hubiese tenido para darle una propina anticipada”, se lamentaba, “hubiese cumplido con el favor”. Decidió llamarlo él. Alfonso le respondió de mala manera, casi insultándolo, diciéndole que no estaba para perder el tiempo con bromas. Que el cementerio era una institución que merecía respeto y que esperaba no volver a verlo merodeando por ahí. Nicolás se quedó helado e intentó, con calma, explicarle que no entendía de qué estaba hablando. Le propuso verlo personalmente. Después de insistir, logró que el empleado le indicara en qué punto del cementerio podía encontrarlo.

Al día siguiente Nicolás fue a la salita de Alfonso. Era un cuarto de apenas cinco metros cuadrados, provisto únicamente de varios elementos de trabajo, una banqueta y una mesa cubierta con restos de yerba mate, algunos papeles, tierra y una birome. Una esquina de la mesa la ocupaba una CPU vieja. Sobre ella, un pequeño monitor fabricado en los años 90 mostraba una imagen pausada en blanco y negro. El hombre estaba preparado para recibirlo a Nicolás, y su semblante era de pocos amigos. “Hombre grande, haciendo estas payasadas”, le dijo en tono severo antes de hacer clic sobre la imagen, que empezó a moverse. Si bien la grabación infrarroja no era muy nítida, se observaba el paisaje del cementerio en el medio de la noche. A unos diez o quince metros de la cámara, la figura de Nicolás se recortaba, caminando alrededor de la tumba de su padre, bailando entre las tumbas vecinas, llevando en las manos unas enormes flores, que al cabo de cinco minutos de proyección, depositaba sobre el suelo bajo el que descansaba Pedro.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *